1. Poder salir al balcón para sentir una brisa fresca, pero no fría, que te despeine y te refresque.
2. Sentir el radio de acción de un sol que puede tocarse además de verse.
Sólo esas dos cosas echaba de menos. Y nada más.
Tenía el balcón un blando y pie-masajeante césped artificial, en el cual dio gusto sentarse, a la brisa más limpia y nirvánica recibida en mucho tiempo. Momento perfecto para pausar el tiempo, relajarse y meditar sobre el vacío. Y así recordar (nunca está de más) que la vida no tiene sentido ni meta algunos.
Un “approach” que da una tranquilidad inmensa. Pero que al mismo tiempo puede desmotivar inmensamente a los que esta(bamos)/(mos) acostumbrados a correr detrás del estúpido concepto-carnaza del futuro. Concepto de por sí absurdo, que no existe, ni existirá jamás.
[BONUS: Hoppipolla by Sigur Ros]
Y ahora volveré a por un poquito más de sur, muy sur. Sin más.

